El legado del Movimiento de Liberación de las Mujeres para la literatura colombiana

Un libro a propósito del Día de la Mujer

Tres tomos de "El Diccionario Universal de las Creadoras"
En el 2008, me invitaron a trabajar en un proyecto para la equidad de la mujer, bajo la dirección de Antoinette Fouque, cofundadora del Movimiento de la Liberación de las Mujeres en 1968 en Francia y de la editorial Des femmes (De Las Mujeres). El proyecto consistía en publicar un diccionario enciclopédico con artículos en los que se analizara la biobibliografía de mujeres escritoras e intelectuales de todos los países. Me encomendaron, entonces, buscar información sobre escritoras colombianas, con sus obras literarias, que hubieran sido desconocidas históricamente o que no se hubieran valorado lo suficiente. 

La primera etapa consistió en consultar a varios profesores de literatura en Colombia, expertos en estudios de género, escritores y escritoras. De allí salió una lista de 35 nombres de mujeres que envié a la editorial. De esta cantidad, escogieron 24 (S. Acosta, A. Ángel, P. Bonnett, F. Buitrago, M.M. Carranza, D. Castellanos, K. Cuello, M. Daza, M. Delmar, R. Durán, M. Espinosa, M. Fornaguera, L.M. Giraldo, B. Isaza, O. Lozano, M. Moreno, E. Mújica, A. Osorio, S. Ospina, A.L. Posso, L. Restrepo, A. De la Rosa, C.C. Suárez, C. Triviño). Sin embargo, prometieron brindar más espacio a futuro para actualizar el contenido con más escritoras recientes.

Cuando al fin me puse en la labor de buscar todo el material referente a ellas, hubo dos cosas que me llamaron la atención. Por un lado, el carácter prácticamente inédito de muchas de sus obras literarias y la escasa crítica alrededor de la literatura femenina, lo que me obligó, incluso, a tener que contactar personalmente a algunas de las creadoras. Por otro lado, y no menos grave, la crítica pseudofeminista de la que habían sido víctimas las escritoras: libros enteros en donde no se hacía mención del estilo o la calidad de la obra. En algunos casos, había ensayos de muchas páginas que no incluían si quiera un párrafo introductorio que explicitara de qué se trataba la obra, evidenciando un gran desinterés en su objeto de estudio; en cambio, abundaban las referencias a los estudios de género (muchas veces desactualizadas con respecto a la fecha de publicación).

Con eso reafirmé, en primer lugar, que la crítica de arte en general en Colombia necesita de una institucionalización urgente, pues la poca que hay parece estar más interesada en la autopromoción de estos académicos. De igual manera, me convencí de que la llamada “crítica feminista” colombiana no ha hecho nada por las personas que defiende (pueden buscar los esperpentos de libros en Internet o en las bibliotecas para que se convenzan, pues no quiero herir la suceptibilidad de las grandes universidades nacionales que están detrás de ellos). El proceso de valoración de las escritoras, así como de las mujeres en general, debe comenzar primeramente del reconocimiento de su trabajo, más allá de cualquier viento que sople sobre ellas. Se debe conformar un equipo de trabajo que haga reseñas y artículos de revisión, algo que sí ha sabido hacer la crítica misógina muy bien con sus congéneres; de lo contrario se estaría montando el burro antes de ensillarlo.

En otras palabras, la mejor manera de abrogar por la equidad de las creadoras es escribiendo trabajos sobre los temas que ellas mismas proponen, partiendo de lo básico (pues, en muchos casos, los datos personales están ausentes), y analizando sus méritos; y posterior o simultáneamente se puede ahondar sobre las visiones feministas de las escritoras, en caso de que las tengan. Si esto no se hace, difícilmente sus libros llegarán a manos de un lector, porque primero son las obras. Un buen crítico es como un buen árbitro deportivo: debe permanecer en un segundo plano.

Con nuestro proyecto, en el que participamos más de 1.600 investigadores, quisimos llenar por fin ese vacío, aunque algunas veces, en lo personal, no lo pude hacer como quería porque, al igual que los libros desaparecidos de la Biblioteca de Alejandría, debía sacar conclusiones a partir de comentarios o extractos de los libros de las autoras incluidos en otros. El resultado fueron 3 tomos (4.982 páginas en total), que vieron la luz en 2013 gracias al patrocinio de la Unesco con el nombre de: “El Diccionario Universal de las Creadoras”, del cual también se produjo una versión virtual recién lanzada a fines del 2015 (de momento, ambas en francés: “Le Dictionnaire universel des créatrices”).

Víctor Menco Haeckermann
Escritor e investigador literario
Magíster en Español de la Universidad de Texas-Pan American
Miembro del grupo de investigación Kuagro (Colciencias)
Profesor de la Fundación Universitaria Colombo Internacional (Unicolombo)

Libro en Amazon.fr (impreso y virtual): http://www.amazon.fr/Le-Dictionnaire-universel-cr%C3%A9atrices-Coffret/dp/2721006312

Libro en Amazon.com (impreso): http://www.amazon.com/Le-Dictionnaire-universel-cr%C3%A9atrices-Coffret/dp/2721006312

Presentación en inglés: http://www.desfemmes.fr/wp-content/uploads/2014/11/women-creators-6-pages1.pdf

Información editorial: http://www.desfemmes.fr/dictionnaire-des-creatrices/



Foto y texto de portada de mi autoría en la Revista Visión Total Caribe

La Revista Visión Total Caribe de noviembre (#7) trae foto y artículo de portada de mi autoría. Pueden leer mis reportajes del presente número en: 
Edición impresa: http://bit.ly/1HCFBoh
Edición virtual: http://www.visiontotal.co/


Sentimientos deportados



A sus escasos veinte años, ha cruzado tres veces de México hacia los Estados Unidos de manera ilegal: la primera, cumplidos doce meses de nacido, con una visa falsa que le compró su padre; la segunda y la tercera, por el río que divide ambos países, sobre un neumático.

Por Víctor Menco Haeckermann 

Lo conocí en la cafetería de la Universidad de Texas-Pan American –a 30 minutos de Reynosa, México–, donde estudia Ingeniería Civil con altas calificaciones. Hemos comido varias veces junto a otros estudiantes de diferentes nacionalidades, pero en esta ocasión que nos hemos quedado solos, me suelta una frase que me deja frío: “Yo soy un indocumentado”, usando cuidadosamente esta palabra para reemplazar la despectiva ‘ilegal’.
Como miles de mexicanos, Ricardo Alandete* tiene familia en ambos países, algo que, para comenzar, parecen ignorar los dirigentes nacionales; de la misma manera en que las tribus masái, milenariamente nómadas, se han visto afectadas en el cultivo de sus alimentos por la división geopolítica de África. En este caso, Ricardo hace parte de una tradición binacional que consiste en que los padres vienen a laborar a Estados Unidos, no necesariamente a quedarse a vivir aquí en caso de contar con visas de trabajo. Pero a él y a sus familiares siempre se las han negado, lo cual, paradójicamente, ha incrementado la inmigración ilegal: “Como los papás no pueden volver a México, se traen a su familia”.
En la época en que la policía de migración solo entrevistaba a los viajeros, su padre se vestía como un dandi y tomaba un vuelo lo más lejos posible de la frontera. A su arribo, el señor Marcos Alandete, cuyas cuentas estaban tan vacías como sus bolsillos, decía que venía en viaje de negocios. Al salir del aeropuerto, se aventuraba a buscar oportunidades laborales bajo la noche fría de una metrópoli.
Al año de haber nacido Ricardo, el señor Marcos compró visas falsas para su esposa y sus dos bebés. El trato consistía en que pasaran entre las nueve y diez de la noche por el punto de control, donde el policía estadounidense de turno se haría el de la vista gorda. Cuando llegaron al punto, todo salió como lo planearon. Estando del otro lado, le dijeron a un taxista que los llevara a un sitio donde pasar la noche, y este los condujo a la casa de un familiar. De allí, se fueron a vivir a Dallas, ciudad en la que Ricardo estudió hasta los seis años, porque entonces su abuela, cansada de vivir en alquiler, se los llevó a él y a su hermana para México.
Extranjero en su propio país
Aunque le habían enseñado que era mexicano, no conocía su país de origen. “Nada más cruzando el puente, quería regresarme”, cuenta Ricardo. “Yo esperaba ver edificios, igual que en Dallas, pero eran puras parcelas. Yo me imaginaba que iba a ser como el DF, lo que miras en la tele”. A la pobreza de la infraestructura escolar (carencia de papel de baño en las instituciones, salones en ruinas, maestras sin preparación, etc.), se le sumaron la inutilidad del inglés, la adaptación a la vestimenta y la celeridad en el ritmo de la educación (no sabía escribir, como sus compañeritos, porque en EE.UU. el currículum es diferente). “Odiaba todo”.
Con el tiempo, aprendió a ver el lado bueno de México: la libertad que ofrece la vida lejos del consumismo. Cumplidos 10 años, su padre, a quien extrañaba profundamente, volvió por él. Había sido una mala decisión la de su abuela porque, aunque vivieran en casa propia, pasaban mucha necesidad. Ya Ricardo tenía dos hermanos nacidos en Estados Unidos, además de otros familiares que tenían sus documentos en regla. El problema ahora era cómo volver a tierras texanas.
En varias ocasiones estafaron a su padre: “Una vez un señor nos dijo que un amigo suyo en la embajada vendía visas. Mi papá le pagó quinientos dólares por cada uno y el señor detuvo su coche, nos bajó y allí mismo, en la calle, sacó un telón blanco y nos tomó las fotos. Al día siguiente, se había desaparecido”. Desmotivado por este tipo de incidentes, su padre cambió de estrategia: por el río.
–¿Cómo consiguen esos contactos? –le pregunto.
–En México, a cualquiera que le preguntes te puede dar información de cómo cruzar a Estados Unidos. Te dicen: “A lo mejor, mi tío sabe”, o algo así.
En aquella época, no estaban, como ahora, las bandas de narcotraficantes en su furor (que suelen matar a quien no les pida permiso), sino solo las bandas de coyotes, algunas de ellas aliadas de la policía estadounidense o de cazadores ‘gringos’ que, en la orilla texana, servían de informantes de los patrullajes por una comisión; pero siempre ha existido el riesgo de ser estafados y abandonados en mitad del Río Bravo. Sin embargo, lo que más temían el pequeño Ricardo y su hermana era que se los llevara la corriente. Para disminuir los riesgos, la banda solía atar dos cuerdas al neumático y sujetaban los extremos a cada orilla. Mientras un coyote nadaba halando el neumático, el de atrás iba soltando la cuerda y el de adelante cobraba la suya.
En esta ocasión, les tocaba subirse uno por uno, con una muda alterna envuelta en bolsa plástica para después poder cambiarse la ropa mojada. Pero durante el primer viaje, cuando estaban sumergidos hasta las rodillas, Marcos Alandete notó que algo estaba mal. El coyote que los cruzaba se detuvo, se dio vuelta y, con tristeza en la mirada, dijo: “Discúlpeme, yo no sé nadar”. “Mi papá lo quería ahorcar –recuerda Ricardo, riendo–. Imagínate: ¡terminó montando al ‘wey’ en el neumático conmigo y nos cruzó a todos nadando!”.
El accidente
Al año y medio de estar en El Progreso, Texas, algo salió mal. Ricardo y sus hermanos iban a bordo de una van manejada por su madre cuando sintieron un choque con una moto. El motociclista se fue al suelo, mientras la señora, indocumentada, se asustó y emprendió la huía. La siguió un policía encubierto hasta su casa y la capturaron. Un juez determinó que el culpable del accidente había sido el motociclista; pero al huir, ella había incurrido en un delito, así que la metieron presa. Llevaba tres meses en la cárcel cuando le dieron dos opciones: contratar a un abogado para que la defendiera y tramitara su estatus legal, lo cual tardaría otros meses, más los gastos; o firmar la salida voluntaria de EE.UU., con la que quedaría libre. Cansada de estar en cautiverio, optó por lo segundo: la montaron en una van de la policía y la dejaron en una plaza de Reynosa, donde no conocía absolutamente nada ni a nadie. “A los reincidentes los avientan hasta Yucatán (sur de México) para que no vuelvan más”, cuenta Ricardo. A su madre se le ocurrió empeñar lo más valioso que tenía: unos aretes. Con el dinero recibido, pudo llamar a su esposo y sus dos hijos, que, sin pensar en las consecuencias, se fueron a México a verla.
La tercera vez
A los cinco meses, viendo la mala situación económica, su papá –que en total ha franqueado el borde sin documentos una veintena de veces– volvió a emprender la travesía. Pasaron unos años para que Ricardo, convertido en un adolescente, decidiera migrar a trabajar (también de manera ilegal) junto a su padre con el fin de ayudar a solventar las necesidades de su familia. Entonces Marcos regresó a México y los volvió a atravesar por el río, pagando un monto que hoy asciende a los mil dólares. 
–¿Cuándo fue la última vez que tu papá cruzó?
–Hace como un año. Fue al sepelio de una hermana. Como no tenía con qué pagar, se vino solo… nadando. Recordó los lugares por donde lo habían cruzado. Andaban bastantes agentes de migración dando vueltas con perros. Duró un buen rato en las ramas de un árbol pero, como estaba vestido de café, no lo vieron.
–¿Y cuándo fue la última vez que supiste de alguien que cruzó?
–Hace como dos meses, un primo mío.
–¿Cómo es la relación con tus dos hermanos estadounidenses?
–A pesar de que a cada rato hablo con ellos sobre esto, mis hermanos pequeños no ven la magnitud de las cosas. Una vez, mi hermanita dijo (en tono de enojo): “En la escuela, los mexicanillos no hablan, son tímidos”. Le dije: “No manches, ¿tú no ves que yo la estoy pasando igual? Es algo nuevo para ellos, tú no puedes criticar a la gente sin saber por lo que están pasando”.
Debido a su buen comportamiento, Ricardo Alandete resultó beneficiario de la Acción Diferida, una orden ejecutiva dada por el presidente Obama un mes antes de culminar su primer periodo, con la que se les permite a los indocumentados vivir y trabajar legalmente, pero que no promete un arreglo de su estatus migratorio. Algunos de sus compañeros, apenas obtuvieron el permiso, dejaron la universidad, que alberga a unos seiscientos indocumentados (pues hay leyes que les permiten estudiar sin problemas). Él, por su parte, piensa que la educación es vital para la obtención de futuros permisos. Sus padres, de otro lado, no se postularon porque tienen antecedentes de deportación.

A pesar de todo, él no se hace ilusiones con la orden de la presidencia porque no es una ley sino una decisión política. Ya una vez vivió el desarraigo y no lo quiere volver a experimentar; por esa razón, casi no se le ve hablando en inglés en su vida diaria (excepto en clases) y sus amistades son en su mayoría de cultura mexicana. Al preguntarle si eso también influye en el área sentimental, responde que no se siente cómodo saliendo con una mujer angloamericana sin haber perfeccionado el inglés, el cual no practica con motivación precisamente porque en cualquier momento las autoridades le pueden interrumpir todo lo construido. “Si yo tuviera mis papeles, mi vida sería diferente: aspiraría a cosas más grandes, me involucraría más en la sociedad de este país”, confiesa. Pero como la deportación asecha, prefiere vivir en “la realidad”. Hacia la cultura estadounidense, solo se cruza de visita.

*Los nombres han sido cambiados para proteger el anonimato de las personas involucradas.
Fuente: Menco Haeckermann, Víctor. "Sentimientos Deportados". Revista Actual, Agosto. 2014: 62-64. Impreso.

Valledupar, alma adentro

La inicialmente bautizada “Ciudad de los Santos Reyes del Valle del Cacique Upar” (debido a que fue fundada el día de los Reyes Magos), es hoy una capital que, aunque pequeña, da muestras de ser muy organizada y pujante. He aquí una crónica de inmersión en los sentimientos de los valduparenses y el río Guatapurí.
Por Víctor Menco Haeckermann


Llego a Valledupar un sábado cálido y tranquilo. Rumbo al hotel, no puedo dejar de admirar su capacidad de planificación. A pesar de ser una ciudad pequeña, en comparación con otras capitales del Caribe colombiano, su diseño urbanístico es envidiable. Sobre este valle esplendorosamente arborizado, se abren paso avenidas en forma de rectas, que se intercomunican a través de glorietas en las que se alzan monumentos gigantes, como una red que se expande al ritmo acelerado en que crece la ciudad.
Hace unos pocos años no había muchas opciones de entretenimiento y desarrollo para los valduparenses. Hoy, el casco urbano tiene alrededor de 350 mil habitantes y es una de las ciudades más seguras y económicas de Colombia: cuenta con un centro comercial de gran proyección, una megabiblioteca, extensas zonas residenciales de interés social, un sector industrial lechero, y sofisticados hoteles en los que nativos y extranjeros disfrutan por igual de comodidades y esparcimiento. En uno de estos hoteles mis amigos me brindan hospedaje.
Al entrar a mi habitación, recibo uno de los regalos más inolvidables que puede dar la Capital del Cesar: una vista panorámica en la que se conjugan el centro histórico, la ciudad geométrica y un anillo de montañas humeantes. Entre esas montañas, sobresale a lo lejos la majestuosa Sierra Nevada de Santa Marta, tan sólo visible cuando la neblina disminuye.
Cuando abro el grifo del lavamanos, como de cualquier otra parte, recibo el sello distintivo de esta tierra, que consiste en degustar (¡o sufrir!) el agua fría que sale del grifo al lavarse las manos o al bañarse; eso sí, después de haberse reposado de las altas temperaturas que someten al valle durante todo el año, las cuales pueden alcanzar los 35° C. El fenómeno ocurre gracias al agua que desciende de la Sierra Nevada (la montaña junto al mar más alta del mundo), pasando por todos los pisos térmicos, hasta el río Guatapurí, desde donde es llevada por las tuberías hasta las casas, hoteles, plazas, locales comerciales, etc.
Afortunadamente, la piscina del hotel tiene un ‘jacuzzi’, para los que no estamos acostumbrados al agua fría o para los que desean un cambio de sensación. Aquí me encuentro con varios nativos que llegan al hotel precisamente buscando alternativas de distracción. Unos jóvenes me dicen que han venido porque ya están cansados de ir al río todos los fines de semana. De modo que prefieren venir al hotel o irse, como muchos otros, a las playas de Santa Marta, debido a su cercanía.
Por su parte, una señora me dice que no le gusta el río, que prefiere la piscina y el ‘jacuzzi’ del hotel. Le pregunto por qué y me confiesa que le trae malos recuerdos porque allí murió su hijo, al caerse de un despeñadero junto al río. No es la única historia que he escuchado de este tipo. Por eso, siempre se les recomienda a los visitantes bañarse cerca de la orilla cuando el río está crecido, ya que sólo los nadadores que conocen cada recoveco del río están en la capacidad de hacerlo; y, sobre todo, no imitar el comportamiento de los jóvenes imprudentes que se lanzan desde las montañas rocosas o desde los puentes que lo atraviesan.

“He visto el río Guatapurí”
La sensación de estar en el Valle de Upar no es completa si uno no va al propio río, el cual recorre la margen izquierda de la ciudad. Por ello, el domingo bien temprano, me dispongo a ir con unos amigos. Pasan a recogerme en un taxi que vibra a punta de vallenato, la música de acordeón que recorrió Colombia de la mano de Escalona, y el mundo entero en la voz de Carlos Vives. La misma que García Márquez ha hecho famosa al decir que su novela Cien años de soledad “es un vallenato de 400 páginas”.
Es imposible no volver a disfrutar el verde de Valledupar mientras llegamos al lugar deseado. Cada casa tiene un árbol plantado al frente, por lo que es común ver mangos regados en las aceras. Los separadores de las avenidas son bosques en línea recta, bajo cuya sombra se refrescan carros y transeúntes. Sí, porque lo que hay en esta ciudad son caminantes, quienes, acostumbrados a las antiguas latitudes, aún tienen la idea de que todo “está cerca”, y claro, cuando menos te das cuenta, ya te han puesto a caminar varios kilómetros, como me ha sucedido en visitas anteriores.
Aprovecho para decirle al taxista que nos dé un paseo por algunos sitios de interés, como las plazas, los monumentos, y, por supuesto, la Casa Indígena. En su entrada, observamos a los indígenas arhuacos frotando con un palito el característico ‘poporo’ (como alusión al sexo), que consiste en un calabacito donde mezclan conchas de mar molida y hojas de coca, que luego mascan permanentemente.
Para llegar al Guatapurí hay dos vías de acceso: la principal, reconocible por un puente de cemento del que los jóvenes más osados se lanzan al río, junto a la estatua de la Sirena; y la otra: en la parte inferior de la ciudad, que es por donde nos adentramos ahora. En obediencia a ese espíritu geométrico de Valledupar, arribamos al Eco-Parque Lineal, llamado así por ir paralelo al río. Aunque apenas está en desarrollo, está compuesto de ciclorutas, extensas zonas verdes y parques de diversiones, al que acuden propios y extraños con el fin de pasar un rato agradable con sus seres queridos. También se brinda el servicio de comidas, que son de una variedad sorprendente, si se sabe que Valledupar, en pleno corazón del Caribe, ha estado influenciada por migraciones de Norte de Santander, Bogotá, Tunja, Tolima, La Guajira, Venezuela, entre otras.
De madrugada, grupos de jóvenes vienen a parquear carros en esta vía, con música a todo volumen luego de que han cerrado las discotecas. Cruzando la carretera, frente al Parque Lineal, se puede apreciar el Parque de la Leyenda Vallenata, escenario del festival que lleva el mismo nombre (de gran auge turístico), y el Parque del Helado, que abren al público sólo en la época del festival, la última semana de abril.
Por fin nos acercamos al mítico río, y puedo decir, como en la canción vallenata de Jorge Celedón: “He visto el río Guatapurí besando su Valledupar”. Pero este beso de ahora es apasionado, con olas que avanzan a gran velocidad y atemorizan a los bañistas. Sólo un grupo de jóvenes desafía la creciente, siendo arrastrados sobre neumáticos que alquilan río arriba. Los demás visitantes conversan alegremente sentados en sillas y se bañan junto a la orilla. Desde allí distinguimos el nuevo “Puente Colgante”, una estructura de metal que ha remplazado un puente de cuerdas y madera.
Al preguntarles a mis amigos el porqué de la fiereza del río en un día tan tranquilo como hoy, me responden que llueve en la Sierra. Es una lástima haber venido en invierno, pero no por eso dejo de darme un chapuzón en el río, siguiendo las indicaciones de no alejarme de la orilla y no intentar flotar o nadar. Al meter los pies, mis amigos y yo podemos sentir la fuerza del río, que nos invita a su centro. Además, con nuestra piel enrojecida comprobamos por qué el significado de ‘Guatapurí’ en chimila es “Agua Fría”.
La otra orilla aún continúa prácticamente indomable, haciendo gala de montañas escarpadas y vegetación exuberante. A lo largo de esa margen solitaria, podemos ver la estatua de la Sirena de Hurtado (que recrea la historia de una mujer convertida en sirena tras violar la prohibición de no bañarse un Viernes Santo), algunos riachuelos que caen de las montañas como pequeñas cascadas, y una pareja de novios que se ha atrevido a cruzar la creciente, en busca de un beso en privado. Esta última escena confirma que aquella canción de Celedón es más que una leyenda vallenata: Yo también he visto. 

Fuente: Menco Haeckermann, Víctor. "Valledupar, alma adentro". Revista Actual, 58, abril. 2011: 40-92. Impreso.
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Pesca mortal: Bering Vs. Bocas de Ceniza


Por Víctor Menco Haeckermann
Los seguidores del canal Discovery seguramente recuerdan la serie “Pesca mortal”, que retrata el que se considera el trabajo más peligroso del mundo, pero a la vez uno de los mejor pagados: la pesca de cangrejo en Alaska. La realidad de los pescadores de Barranquilla entraña un peligro similar, al enfrentarse a unas aguas aún más salvajes, pero mucho más tristes que sus pares del estrecho de Bering.
Con mucho menos frío de diferencia, pero con mucho más riesgo que los pescadores de Alaska, los de Barranquilla se ven en la tarea de cruzar Bocas de Ceniza, el punto de desembocadura del río Magdalena en Colombia en el Mar Caribe, que debe su nombre al color cenizo que toman las aguas del océano al recibir la espesura del río.
En ese punto específico se presenta una de las maravillas más fascinantes de la naturaleza, cuando el río Magdalena, uno de los más caudalosos del mundo, empujado por la corriente litoral, se inserta en el mar Caribe. En la superficie, producto de un fenómeno de fuerzas hidráulicas, se dibuja el contraste entre las aguas claras del mar y las aguas turbias del río, que logra extinguirse luego de un largo tránsito a la altura de Cartagena.
La contracorriente que se crea al encontrarse con el mar, sumado al tipo de marea que se presenta en el momento, y a los accidentes geográficos, como las escarpadas colinas y cañones, impidieron la entrada a las flotas de Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa, en 1499; a tal punto, que casi los hacen naufragar. Siglos después, con todos los avances navieros, el paso de Bocas de Ceniza supone un desafío para los navegantes nativos, llegando a tomar entre 10 minutos y media hora en condiciones favorables, o definitivamente imposibilitando la navegabilidad en condiciones extremas.
En toda la boca, los pescadores barranquilleros se enfrentan a olas más grandes que las de las frías aguas del mar de Bering, llegando a alcanzar los 20 metros de altura, sobre todo en la época de los meses de diciembre, enero, febrero y marzo, cuando los vientos del noreste arrecian y las olas revientan de tal manera que se corre el riesgo de zozobrar si la embarcación no está perfectamente tripulada, o si se presenta alguna falla tecnicomecánica.

Por esta razón, el tipo de embarcaciones que utilizan los pescadores artesanales –llamadas boqueras–  se diseñan y construyen especialmente para la zona, con una forma, peso, capacidad, potencia y tripulación única, que facilite este paso a la salida de la faena y la llegada de las mismas. Se fabrican en madera gruesa, con el fin de que resistan los embates de las olas y de que queden tan pesadas que una ola no las pueda voltear fácilmente. Su proa es realzada para evitar que el agua se filtre por la parte frontal. Su figura o casco no es recto, sino cóncavo para que facilite la navegación, tenga buena manga (ancho del bote), y, por tanto, no se voltee lateralmente con facilidad si la golpea una ola de costado. Su cola o popa es más esbelta y levantada que el resto de la embarcación, previendo que si la ola le da por detrás, pueda pasar libremente sin arrastrar el bote. Además, cuentan con un timón de cola enorme (como si fuera un velero), manejado manualmente con una vara directa; es decir, no tienen cabrilla, lo que les permite a los pescadores surfear la ola cuando los coge entrando.
Históricamente han muerto un sinnúmero de pescadores en este ir y venir al paso de Bocas de Ceniza. Se tiene memoria de que muchas de las víctimas, inmediatamente caían al mar, vivas o ya muertas, eran devoradas por los tiburones que abundaban en la zona. Pero incluso los predadores se han constituido en un riesgo menos: la pesca indiscriminada en el sector los ha ido extinguiendo.

A diferencia de la pesca peligrosa y millonaria del Mar de Bering, la pesca de esta zona del Mar Caribe es mínima. Junto con los tiburones, han desaparecido los sábalos, jureles, velas, marlines, meros, pargos, róbalos, entre otras especies. ¿Cuáles han sido las causas de esta debacle? La ausencia de control de la pesca ante la avaricia de los pescadores. En el puerto de las Islas Aleutas de Dutch Harbor (localizado en Unalaska, Alaska) existen estrictas normas que señalan desde el tipo de especie hasta la temporada en que se permite la presencia de flota pesquera. Un minuto antes o un minuto después de la señal emitida por radio puede ocasionar que sus tripulantes terminen con la embarcación decomisada, pagando una millonaria multa o en la cárcel.

Esta reglamentación, que busca asegurar periodos de reproducción de las especies marinas, ha convertido a Unalaska en el puerto pesquero más grande de los Estados Unidos en términos del volumen de mariscos capturado, entre 1981 y 2000, y en términos de valor por captura. En el año 2004, los barcos de Alaska cazaron 15,4 millones de libras (6,8 millones de kilogramos) de cangrejo por un valor de US$ 65,8 millones. Bajo este panorama, el salario de un pescador afortunado estaría en US$ 100.000 por sólo 5 días de trabajo.

Pero no todo es color de rosa: los pescadores del estrecho se exponen a perder la vida en cualquier momento, víctimas de fuertes heladas que golpean la zona, ahogo, hipotermia y lastimaduras graves o pérdida de miembros por un accidente con las redes, las sogas, las poleas, en fin, con todo el equipamiento pesado, y hasta con las peligrosas muelas de los cangrejos.

Pero al menos en la localidad de Unalaska la lotería muchas veces resulta. En Barranquilla, por otra parte, la recompensa puede ser de cero pesos, y no hay nada peor que regresarse con las manos vacías después de haber “trabajado”. La crisis de nuestra realidad se refleja en los agujeros cada vez más pequeños de los chinchorros y atarrayas, armas letales en las que sucumben hasta las crías más pequeñas. A todas luces, se trata de una pesca mortal para ambos bandos: pescadores y peces.

En vista de la escasez, la de nuestra región ha devenido en pesca de fondeo y de correteo. El correteo (especialidad de pesca deportiva) se realiza cuando mar afuera se encuentran el río y el mar sin mezclarse, punto que  los pescadores denominan “canto”. Dichas condiciones son las propicias para atrapar al pez de mar que usualmente acude a la zona a comer. Este contraste de aguas, por su peso, densidad y color, se observa mayormente definido en épocas de lluvia, cuando los vientos del sur soplan y limpian la superficie del agua de taruyas y demás elementos flotantes que el río trae. Se trata de un espectáculo de aguas que pocos han tenido la fortuna de presenciar. Tal vez esta sea la verdadera recompensa.

Fuente personal: Luis Puello
Fuente: Menco Haeckermann, Víctor. "El amor ayer y hoy, una cuestión de tendencias". Revista Actual, 51, mayo. 2011: 42-44. Impreso.


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El mar se viste de fiesta en Santa Marta


Una semblanza sobre las Fiestas del Mar, de la exquisita ciudad de Santa Marta
Por Víctor Menco Haeckermann
Foto: Luis Puello

“Hazte hombre te digo como yo a veces me hago mar”.
Vicente Huidobro, poema “Monumento al mar”.

El mar, ese precioso ser al que le han cantado grandes poetas a través de la historia –unas veces, dios terrible de barba espumosa llamado “Poseidón”, y otras, mujer amorosa como “la mar” de los marineros–, tiene su propia festividad en la Bahía de Santa Marta, lugar cumbre del Caribe Colombiano. Allí sus lomos se visten de gala cada año en las llamadas Fiestas del Mar, un evento que conmemora el aniversario de la fundación de la ciudad, y se constituye en atracción turística durante las vacaciones de mitad de año, para quienes aman los deportes acuáticos y playeros de alto nivel. Su reconocido eslogan, “Santa Marta, la magia de tenerlo todo”, se queda corto de imaginación.
Lo que se originó como un encuentro deportivo y conmemorativo en 1959, por iniciativa de José "Pepe" Alzamora, Francisco Ospina y Emilio Bermúdez, con diversas competencias en natación, esquí, salto de rampas, etc., es hoy una celebración que año tras año crece y se solidifica como un marco excepcional para el turismo deportivo a nivel mundial, gracias a que la Perla del Caribe, como se le conoce a la ciudad, posee condiciones climáticas y geográficas perfectas. 
Comparsas y desfiles llenos de color, música y baile, fiestas por toda la ciudad, bufet con comida típica, espectáculos con grupos folclóricos y reconocidos artistas musicales, desfiles de vehículos antiguos, el Reinado Nacional del Mar (así como su versión internacional), han venido a engalanar esta cita a la que acuden turistas nacionales y extranjeros.
Entre una variedad de justas deportivas, destacan: la media maratón, fútbol y voleibol playa, triatlón, esquí, polo acuático, canotaje, pesca artesanal y más disciplinas de deportes extremos (efectuadas en el escenario de la Reserva Natural Mamancana); y las competencias autóctonas del Caribe colombiano: natación, regata, paleros, canaletes y bicicletas marinas (las cuales se realizan en el balneario de El Rodadero y la Bahía de Santa Marta).
Con el fin de alcanzar la corona, las candidatas del reinado de belleza deben comportarse como todas unas “sirenas”, y hacerse amigas del mar, enfrentándose a sus adversarias en competencias que ratifiquen sus habilidades en la natación y otros deportes acuáticos, en una muestra interesante que busca algo más allá de la simple belleza exterior.
Y si de belleza exterior se trata, cuenta mucho el ingenio que los diseñadores nacionales ponen en los vestidos que lucen las candidatas en la Fiesta de Fantasía, que tiene lugar en uno de los muelles de la Sociedad Portuaria de Santa Marta. Aquí las candidatas son las encargadas de llevar sobre sus cuerpos la ondulante piel marina, la pedrería resplandeciente del fondo del océano, y, en fin, el colorido ecosistema y la sugestiva mitología que florecen en esta parte del mundo, tomándose en serio la frase del poeta chileno Vicente Huidobro sobre la transmutación de humano a mar.
Por estas fechas, los samarios, como buenos caribeños, salen a festejar –al ritmo de la música de su paisano Carlos Vives– el título de “la ciudad más antigua existente de Colombia y la segunda más antigua de Suramérica”, tras haber sido fundada el 29 de julio de 1525 por el conquistador español Rodrigo de Bastidas. Es común ver las populares “guerras de bolsas de agua” entre los jovencitos, o las guerras con mangueras entre las pequeñas embarcaciones que pasean por la Bahía.
Por su parte, aquellos visitantes de todas partes del país y del mundo que prefieren días y noches agitados –en contraposición al turismo calmo del resto del año–, reservan hoteles con anticipación para no quedarse sin hospedaje ante un promedio de ocupación hotelera del 91%, y aprovechan para conocer las maravillas aledañas a la Bahía, como el recuperado Centro Histórico, la Sierra Nevada (el único pico de nieve junto a la cálida orilla del Caribe), el paraíso virginal que es Parque Tairona, el coralino balneario de Tanganga, o la Quinta de San Pedro Alejandrino (donde falleció el Libertador, Simón Bolívar), corroborando la idea de los habitantes de que “se tiene todo”.
Es por ello que la administración pública y la empresa privada tienen la gran responsabilidad de llevar a cabo esta celebración –al tiempo que mantienen la atención en todos los frentes turísticos–, valiéndose de un despliegue de infraestructura náutica, con la que pretenden estar a la altura de los eventos acuáticos de alta calidad efectuados en Río de Janeiro en Brasil y Punta del Este en Uruguay.

Pero, por sobre todo, los encargados distritales de la protección del medio ambiente, así como los asistentes a las fiestas, tienen el reto de velar por la seguridad de este recurso hídrico tan vituperado por la humanidad entera en los últimos años, ya que es nada más y nada menos que el homenajeado. Es así. La ciudad con la bahía más hermosa de América le debe casi todo a este mar que cada año se viste de gala e inicia por varios días una aventura que año tras año incluye de novedades; porque, como dijo el otro gran poeta chileno Pablo Neruda, el mar “no puede estarse quieto”.

Un recorrido por el puerto de Barranquillla

Por Víctor Menco Haeckermann
Fotos: Roger Vélez

El Capitán de Puerto de Barranquilla, Capitán de Fragata Juan Carlos Roa Cubaque ha desempeñado la mayoría de cargos en los principales puertos del país en la Autoridad Marítima: Cartagena, Buenaventura, Coveñas, Riohacha, Puerto Leguízamo y actualmente Barranquilla. De su administración sobresalen ciertos valores: transparencia, compromiso, facilitación y la posibilidad de acceso directo a los usuarios. En su gestión tiene claro que a los que cumplen con la normatividad se les facilitan las cosas y a los demás aplicación de su competencia como autoridad.
Hay avances puntuales que se han obtenido para proteger a las embarcaciones, uno de esos proyectos materializados es la Estación de Control de Tráfico Marítimo, que es la “torre de control” de los barcos, y, por supuesto, la adecuada señalización marítima que se traduce en boyas, farillos y enfilaciones, las cuales permiten el ingreso y la salida segura del Puerto.
Los esfuerzos para estimular el sector turístico, uno de los sectores más visibles de la costa Caribe, tampoco se quedan atrás. A través de la promoción de actividades deportivas náuticas, se ha entregado en concesión un sector de Puerto Velero para un club náutico donde se desarrolla el kitesurfing, sunfish, ski, windsurf, láser, natación, kayak, entre otros. Igualmente se entregó en concesión a Marinas de Colombia SAS un espacio para la instalación de muelles flotantes con 540 posiciones de amarre para yates y veleros. Asimismo, se han entregado permisos temporales para que los servidores turísticos puedan desarrollar su actividad en Tubará, Santa Verónica y Puerto Colombia.
Hoy por hoy, el Puerto de Barranquilla es uno de los principales puertos del país. Según el Capitán Roa, reúne todas las características de seguridad para garantizar su operación marítima y fluvial. “Se están recibiendo en promedio 1.200 buques anuales. Hay puertos que manejan su propia carga o de servicio privado como Mónomeros, Argos y Pizano, y hay otros que son públicos como Sociedad Portuaria Regional, Vopak, Michellmar, Portmagdalena, Pimsa, Sociedad Portuaria del Norte y Palermo Sociedad Portuaria. Es decir que hay una variedad de opciones para el manejo de la carga de importación y exportación”.
Dentro del río hay dos clubes que permiten el desarrollo de deportes náuticos, el Club de Pesca de Barranquilla, de gran tradición, y la marina Cowes, recientemente funcionando, donde se reúnen los amantes de la pesca deportiva y de los paseos al río, sus caños, ciénagas con todo el encanto de ese encuentro íntimo con la naturaleza. Se destaca el paseo a la Ciénaga del Torno, donde se puede encontrar en un mismo ambiente, el mar, la playa y el agua dulce rodeada por extensos manglares. 

También hay que destacar el compromiso de la Dirección General Marítima del Puerto con las comunidades que habitan las riberas del río. “Con el apoyo de entidades como el Club Rotario y el Club de Leones, se realizan apoyos en épocas difíciles como las que estamos atravesando por la ola invernal. Y todos los años, con la coordinación del Club de Pesca y su restaurante Río Grande, se hace la actividad de llevarles regalos de navidad a los niños con un mensaje solidario de la sociedad barranquillera”, asegura el Capitán. Se trata de pequeños pero significativos esfuerzos que se hacen en obediencia a un espíritu solidario, digno de imitar por todos los colombianos en esta y en todas las épocas del año. 
Fuente: Menco Haeckermann, Víctor. "Un recorrido por el Puerto de Barranquilla". Revista Actual, 50, abril. 2011: 92-94. Impreso.
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